Lo que les pasa a las maletas una vez despachadas siempre es una incógnita. Les ponemos una tarjeta con nuestro nombre y teléfono, les ponemos un candado para evitar que violen su intimidad, las envolvemos en un plástico protector para que no lastimen su exterior. Son pesadas, etiquetadas, escaneadas. Las vemos alejarse por la cinta transpontadora, vemos como son engullidas, desaparecen de nuestra atenta mirada y no las volveremos a ver hasta llegar a destino... siempre y cuando no hayan decidido alejarse de nosotros, cansadas de tanto control. En algunos vuelos, las maletas son manipuladas hasta entrar en el avión una por una, paseando por la pista subidas en un vehículo, conducido por un aspirante a piloto de carreras de coches, a la vista de todos , incluidos los viajeros que ya han embarcado. Y allí están ellas, bajo el sol... bajo la lluvia.... nooo!!. Bajo la lluvia nooo!!...ESA ES MI MALETA! QUÉ SE ESTA MOJANDO! QUÉ ALGUIEN LA TAPE!!.

Allí está ella, fiel, esperando, y aunque esté empapada y desamparada, junto a otras ciento de maletas, comprobamos que sube al mismo avión y en nuestro destino común nos reencontraremos para continuar con nuevas aventuras. Respiremos tranquilos. La maleta viene con nosotros.